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Opinión

Filosofía en tiempos convulsos. Por Juan Segura

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Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.

Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.

Sé todos los cuentos. LEÓN FELIPE

… Por cada muro, un lamento
en Jerusalén la dorada
y mil vidas malgastadas
por cada mandamiento

… Yo soy polvo de tu viento
y aunque sangro de tu herida
y cada piedra querida
guarda mi amor más profundo

… No hay una piedra en el mundo
que valga lo que una vida

… Yo soy un moro judío
que vive con los cristianos,
no sé qué dios es el mío
ni cuáles son mis hermanos
no sé qué Dios es el mío
ni cuáles son mis hermanos.

Milonga del moro judío   JORGE DREXLER

INTRODUCCIÓN:

No he querido dejar pasar estas fiestas sin hacer una pequeña contribución. El texto que tienes ante ti es una miscelánea. Empieza con textos de León Felipe y de Jorge Drexler. A continuación, viene un texto filosófico. Son fragmentos seleccionados por mí del Prefacio que Baruch Spinoza elaboró para su “Tratado teológico-político”.  En el epílogo aparece otra vez León Felipe. Más que por mi admiración por su figura, que es grandísima, porque su poema “Parábola” expresa sucinta y magistralmente lo que Spinoza denuncia en el texto: la degeneración de los ideales al ser secuestrados por los peores, por “profesionales” motivados por la avaricia y la ambición.

Los que tengan el interés y la paciencia de leer el texto, escrito el siglo XVII se darán cuenta de que, en su mayor parte, podría estar escrito en la actualidad.

Su defensa de la razón frente a todo tipo de supercherías sigue siendo tan necesaria hoy como en su tiempo. Yo invito a todas las personas que puedan leer este artículo a profundizar en la vida y la filosofía de Spinoza. Uno de los filósofos más grandes de todos los tiempos. Sufrió una persecución criminal por parte de judíos (que lo expulsaron de la sinagoga) de la Inquisición Católica y de las autoridades protestantes de todas las variantes. Un ciudadano extraordinariamente valiente, que murió joven y que se jugó el tipo por defender sus ideas. Un ejemplo para todo bicho viviente.

Las negritas son de mi autoría.

TEXTO:

Si los hombres pudieran conducir todos sus asuntos según un criterio firme, o si la fortuna les fuera siempre favorable, nunca serían víctimas de la superstición. Pero como la urgencia de las circunstancias les impide muchas veces emitir opinión alguna y como el ansia desmedida de los bienes inciertos de la fortuna les hace fluctuar, de forma lamentable y casi sin cesar, entre la esperanza y el miedo, la mayor parte de ellos se muestran sumamente propensos a creer cualquier cosa.

La causa que hace surgir, que conserva y que fomenta la superstición es, pues, el miedo. Podríamos poner muchos ejemplos que muestran con claridad que los hombres sólo sucumben a la superstición mientras sienten miedo.

De lo que acabamos de decir sobre la causa de la superstición, se sigue claramente que todos somos, por naturaleza, propensos a ella. Se sigue, además, que la superstición debe ser sumamente variada e inconstante, como todas las ilusiones de la mente y los ataques de cólera.

Quinto Curzio señaló que no hay medio más eficaz para gobernar a la masa que la superstición.

Me ha sorprendido muchas veces que hombres, que se glorían de profesar la religión cristiana, es decir el amor, la alegría, la paz, la continencia, y la fidelidad a todos, se atacaran con tal malevolencia y se odiaran a diario con tal crueldad, que se conoce mejor su fe por estos últimos sentimientos que por los primeros.

Tiempo ha que las cosas han llegado a tal extremo, que ya no es posible distinguir quién es casi nadie (si cristiano, turco, judío o pagano) a no ser por el vestido. Por lo demás, la forma de vida es la misma para todos.

Al investigar la causa de este mal, me he convencido plenamente de que reside en que la gente ha llegado a poner la religión en considerar los ministerios eclesiásticos como dignidades y los oficios como beneficios y en tener en alta estima a los pastores.

Pues, tan pronto como se introdujo tal abuso en las iglesias, surgió inmediatamente en los peores un ansia desmedida por ejercer oficios religiosos, degenerando el deseo de propagar la religión divina en sórdida avaricia y ambición.

De ahí que el mismo templo degeneró en teatro, donde no se escuchan ya a doctores eclesiásticos, sino a oradores, arrastrados por el deseo, no ya de enseñar al pueblo, sino de atraerse su admiración, de reprender públicamente a los disidentes y de enseñar sólo cosas nuevas e insólitas.

¿Nos extrañaremos, entonces de que de la antigua religión no haya quedado más que el culto externo (con el que la gente parece adular a Dios, más que adorarlo) y de que la fe ya no sea más que credulidad y prejuicios?

Pero unos prejuicios que transforman a los hombres de racionales en brutos, puesto que impiden que cada uno use de su libre juicio y distinga lo verdadero de lo falso; se diría que fueron expresamente inventados para extinguir del todo la luz del entendimiento.

Y aquellos que desprecian completamente la razón y rechazan el entendimiento, como si estuviera corrompido por naturaleza, son precisamente quienes cometen la iniquidad de creerse en posesión de la luz divina.

Claro que, si tuvieran el mínimo destello de esa luz, no desvariarían con tanta altivez, sino que aprenderían a rendir culto a Dios con más prudencia y se distinguirían, no por el odio que ahora tienen, sino por el amor a los demás; ni perseguirían tampoco con tanta animosidad a quienes no comparten sus opiniones. Sino que más bien se compadecerían de ellos, si es que realmente temen por su salvación y no por su propia suerte.

Sé, en efecto, con qué pertinacia se arraigan en la mente aquellos prejuicios que el alma ha abrazado bajo la apariencia de la piedad. Sé también que es tan imposible que la gente se libere de la superstición como del miedo. Y sé, finalmente, que la constancia de la gente es la contumacia y que no se guía por la razón, sino que se deja arrastrar por los impulsos, tanto para alabar como para vituperar.

EPÍLOGO:

«Más Él hablaba del templo de su cuerpo.»
San Juan, II: 21.

«Y tomé el libro de las manos del ángel y me lo comí.»
Apocalipsis X: 9,10

Había un hombre que tenía una doctrina.

Una gran doctrina que llevaba en el pecho,

(junto al pecho, no dentro del pecho),
una doctrina escrita que guardaba en el bolsillo interno del chaleco.
La doctrina creció.

Y tuvo que meterla en un arca, en un arca como la del Viejo Testamento.
Y el arca creció. Y
tuvo que llevarla a una casa muy grande.
Entonces nació el templo.
Y el templo creció.

Y se comió al arca, al hombre y a la doctrina escrita

que guardaba en el bolsillo interno del chaleco.

Luego vino otro hombre que dijo:

El que tenga una doctrina que se la coma,

antes de que se la coma el templo;
que la vierta, que la disuelva en su sangre,
que la haga carne de su cuerpo…
y que su cuerpo sea
bolsillo,
arca
y templo.

Parábola     LEÓN FELIPE

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