Opinión
No me gusta que me engañen. Por Juan Segura



He escrito las siete partes de Josué, el exterminador, de lunes a domingo de Semana Santa, en La Voz de Morón digital, para que quién quiera leerlas tenga una versión exacta de la conquista de la “tierra prometida” por parte de los israelitas.
No me gustan las personas mentirosas, engañadoras. Y menos me gustan las instituciones que practican el engaño sistemáticamente. Por eso no me gusta Trump ni un pelo. Tampoco el sistema imperial yanqui que, con sus poderosos medios de difusión (poder blando) y su poderío militar y económico (poder duro), han logrado en el siglo pasado y en lo que va de este mantener su hegemonía mundial.

Pero hoy no me voy a centrar en el imperialismo yanqui-europeo. Me voy a centrar en la Iglesia Católica, que es la que mejor conozco, aunque como dice el refrán: “en todas partes cuecen habas”. Me estoy refiriendo a las demás religiones monoteístas.
Les voy a contar una historia de mi infancia y mi juventud. En la escuela, y posteriormente, como parte del adoctrinamiento católico me contaron muchas historias bíblicas. Pero me las contaron amputadas, no íntegras. Una hipótesis es que quizás los pedagogos y pedagogas franquistas no quisieron herir nuestras sensibilidades infantiles y juveniles.

Hay otra hipótesis más plausible: que lo que no quisieran es que, al dar la versión íntegra, conociéramos la verdadera catadura moral de Jehová.
Lo que me contaron fue los siguiente: Al morir Moisés, Yavé (Jehová), Dios de Israel, transmitió el mando a Josué que pasó el Jordán y conquistó Canaán (la tierra prometida) La primera ciudad que tomó fue Jericó. El relato que me hicieron se refería a como las murallas de Jericó se vinieron abajo gracias a las vueltas que alrededor de ellas dieron los sacerdotes y el pueblo de Israel. Siete días estuvieron dando vueltas hasta que las murallas se vinieron abajo. Fin de la historia.
Ni una palabra de cómo actuaron los israelitas después del derrumbe de las murallas. Ni un muerto ni un herido por parte del ejército hebreo. Ni un muerto ni un herido por parte de los habitantes de Jericó. Aunque el derrumbe de las murallas era un signo de que los de dentro de la ciudad no les habrían abierto las puertas amigablemente, mi mentalidad infantil-juvenil, como la de todo niño-joven, o quizás mi poca racionalidad en esos momentos, no me hizo caer en la cuenta de que el derrumbe de las murallas no presagiaba, precisamente, ningún intercambio pacífico.
Hasta que no leí el Libro de Josué al completo, siendo ya bastante mayor, no me percaté de lo que había pasado allí: Los israelíes pasaron a cuchillo a todo bicho viviente (incluyendo animales), robaron todo lo que había útil o precioso, obteniendo un enorme botín y, por último, quemaron la ciudad. No dejaron piedra sobre piedra, más o menos lo que están haciendo hoy día con Gaza y el Sur del Líbano con otros medios más mortíferos que las meras espadas y arcos de la época.
Yo mando desde aquí un mensaje a todos los maestros de religión católica que hay en cada colegio de España, pagados con el dinero de todos los españoles y españolas, que lean en clase el Libro de Josué en su integridad o al menos la parte en la que relata la conquista de Canaán, de las ciudades del Norte y las del Sur.
En todas ellas, excepto en Gabaón, actuaron de la misma manera: exterminando a sus enemigos. Las pérdidas del ejército judío no las relatan casi nunca. En la toma de Hay relatan que tuvieron treinta y seis muertos. Y poco más. Increíble a no ser que te creas el cuento de que Dios los protegía y hacía que cada soldado israelita valiera por mil de sus enemigos.
No me gusta que me engañen. Y relatando estos cuentos me enfrento a la mentira y a la estupidez humana que según Albert Einstein es, con el Universo, infinita. La mentira, unida a la estupidez, forman un arma de destrucción mental de tal calibre que pueden provocar grandes desastres. Por ejemplo que los estadounidenses elijan como presidente a alguien como Donald James Trump.













