Opinión
Opinión. Trump y su ministro de la guerra. Por Juan Segura


La decadencia del imperio estadounidense tiene en estos dos asesinos de masas un ejemplo claro de hasta donde puede llegar la maldad humana.

Pero no se van a salir con la suya. Tengan presente esto que les anuncio. Los dos van a acabar muy mal. Y no me estoy refiriendo sólo a que la Historia los va a juzgar muy severamente. Me estoy refiriendo a que van a terminar condenados en EE.UU o/y en la Corte Penal internacional como criminales de guerra y por crímenes de lesa humanidad.

Congresistas americanos ya les están pidiendo explicaciones por las ejecuciones extrajudiciales que han ordenado en el Caribe. Llevan ya a sus espaldas la friolera de más de noventa asesinatos.

Por otra parte, varios senadores han hecho declaraciones públicas pidiendo a los militares de cualquier rango que no cumplan órdenes ilegales del presidente. Dicen que la lealtad de los militares no es al presidente sino a la Constitución. Si el presidente, directamente o a través del ministro de la guerra, da una orden ilegal, los soldados deben negarse a cumplirla.
Ambos mandatarios, el presidente y el ministro de la guerra, son un par de cobardes. Y no empleo la palabra cobarde como un insulto sino como una descripción de lo que acaba de hacer el señor Pete Hegseth.
Está viendo que lo quieren empapelar y no se le ocurre otra cosa que echarle la culpa de todos los asesinatos al comandante de las fuerzas yanquis en el Caribe. Con un cinismo impresionante ha dicho que el que dio las órdenes fue el militar al mando. Es tan estúpido que cree que puede quitarse las pulgas de encima señalando, cobardemente, al jefe del operativo en el Caribe.
El que da las órdenes es él, que, a su vez, las recibe de Trump. El jefe del operativo debería haberlas desobedecido porque las ejecuciones extrajudiciales están prohibidas por el derecho internacional. El anterior jefe del operativo en el Caribe dimitió del cargo para no verse obligado a cumplir esas órdenes ilegales.
Pero no todos los militares tienen la suficiente dignidad como para desobedecer o dimitir.
Por otra parte, congresistas y senadores estadounidenses están pregonando al mundo que Trump no puede intervenir en Venezuela sin que el Congreso y/o el Senado declaren la guerra.
Esa atribución no le corresponde al Presidente sino al Parlamento de la nación.
Trump, en su pretensión de ser Rey, está dispuesto a saltarse a la torera todas las leyes que sean necesarias. Cree que, si mandó asaltar el Capitolio, lo que ocasionó varios muertos entre el personal del servicio de seguridad y algún asaltante, y no ha pasado nada, puede hacer lo que le dicte su santa voluntad, volviendo a la etapa de la monarquía absoluta, cuando el monarca detentaba los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial.
Malos tiempos para EE.UU. En una época de decadencia económica, comercial y social, la llegada de Trump, un caso claro de hipernarcisismo patológico, después del demente senil Biden, muestra la deriva enfermiza de una sociedad que ha perdido el rumbo.
Lo malo del asunto es que las consecuencias de los actos de estos orates no se quedan dentro de sus fronteras, sino que afectan al mundo entero.
Trump y su imperio son asesinos en masa, los mayores terroristas del planeta, que espera recibir el Premio Nobel de la Paz.
Y cómo andará el mundo que, teniendo en cuenta el último fallo del comité de fascista noruegos que se lo han otorgado a la vendepatrias Corina Machado, es posible que para el próximo año se lo den al Orangután Naranja de la Casa Blanca (según expresión del profesor mejicano de Relaciones Internacionales Jesús López Almejo)














