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Opinión

Memoria democrática: Vivencias de mi padre

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Por: FDA SÁEZ              

PROLOGO   

Esta biografía, está basada en hechos reales y es similar para la mayoría de los niños que nacimos en la década de los 50, gracias a que Franco no fusiló a nuestros padres, aun estando condenados a pena de muerte.

La identidad de los personajes los dejo en el anonimato para que todos los demás, que vivieron en estos años, puedan identificarse como uno más de los personajes que figuran en esta biografía. Y con el debido respeto a todos ellos, tampoco revelo mi propia identidad ni la de mi familia. Porque nuestra vida fue parecida a la de muchas familias que vivieron en esos años en el barrio de Lavapiés.

En esta narración quiero hacer un homenaje a todos aquellos niños de mi barrio que nacimos en la década de los 50, en un barrio de los llamados bajos, por su condición social y económica, y en especial a los que fueron mis vecinos y  amigos.

A pesar de haber vivido una etapa difícil, me siento muy orgulloso por haber convivido con aquellas gentes que, sin tener nada, te lo daban todo.

RELATO

Antes de mi llegada al mundo en 1.952 y ver los primeros amaneceres en el barrio de Lavapiés, relataré como se produjo tal acontecimiento, escribiendo la historia vivida años antes por mis progenitores.

Mi padre nació en 1912 en un pueblo de la sierra de Madrid, y vivió en él hasta 1924. Era el más pequeño de 8 hermanos; su madre era natural del pueblo y su padre natural de Burgos.

La coincidencia de conocerse fue que mi abuelo era ebanista y trabajaba en el Patrimonio Nacional de restaurador de muebles en los palacios del patrimonio.

En 1924 se trasladó a Madrid y junto a su mujer y tres de sus hijos más pequeños; se ubicó en el barrio de Lavapiés, donde falleció en 1930.

Mi padre y otro hermano permanecieron con mi abuela en el domicilio materno, hasta el fallecimiento de ella, que sucedió en 1935.

Mi madre nació en 1912 en un pueblo de Ávila de familia de labradores, era la 4ª hija y la más pequeña. Mi abuelo materno murió en 1932, y ella se vino a Madrid con una hermana casada y pronto se puso a servir.

En 1.934 mis padres se conocieron en Madrid, dando la circunstancia que mi padre acababa de licenciarse del servicio militar, y mi madre llevaba unos años en Madrid trabajando como sirvienta en una casa de un popular banquero.

Su noviazgo duró hasta 1936 que comenzó la Guerra civil. Por este motivo y por la incorporación de mi padre a las tropas de la República, decidieron casarse por lo civil.

En los tres años que duró la guerra solo los primeros meses se veían con frecuencia. Después, apenas se vieron. Al principio de la guerra mi padre, como soldado, defendía, junto con muchos otros, el frente de la Casa de Campo y fue herido, en el “Cerro Garabitas”, por dos impactos de balas de ametralladora, una en el brazo y otra en la cabeza que, por fortuna, fue a dar en el nudo del casco introduciéndose lentamente en el interior de la cabeza sin romper ningún órgano vital.

Fue trasladado al Hospital Clínico, en el que permaneció un mes. A punto de recibir el alta, tuvo que escapar arrojándose por una ventana, huyendo de las balas de Nacionales y Moros, con la suerte de no matarse y caer en zona republicana.

Antes de incorporarse a la guerra de nuevo, por decisión de los médicos, le mandaron a un hospital de Valencia que resultó ser un hospital psiquiátrico y allí permaneció otro mes.

Cuenta que lo pasó mal entre locos, la mayoría en estado muy avanzado. 

Terminada esta odisea, se incorporó a su regimiento en Madrid. Pero dado sus dotes en las relaciones públicas y facilidad de palabra, pronto le consideraron que podía hacer mejor a la causa republicana, nombrándole comisario de campaña, para ir a los frentes con los soldados republicanos.

Así fue, y estuvo en todas las batallas míticas de la guerra. Antes de acabar la guerra le nombraron comisa-rio de división, y recibió varias medallas por su labor en los frentes.

Al final de la guerra ayudó a mucha gente a marcharse fuera de España, pero él no se quiso ir por amor a mi madre, y se entregó en el campo de futbol del Metropolitano, que es donde Franco exigió que se entregaran todos los que hubieran luchado al lado de la Republica.

En el campo de futbol del Metropolitano mi padre pasó unos días hasta que las primeras diligencias comenzaron. Como eran cientos de personas, los fueron llamando en grupo de 30 o 40, y les fueron interrogando para clasificarles y mandarles a una u otra cárcel de las veintitantas que había en Madrid habilitadas para tal fin.

A mi padre le mandaron a la cárcel de Yeserías que posteriormente fue cárcel de mujeres. Allí permaneció unos dos meses, con los consiguientes interrogatorios, hasta que le fijaron fecha para el consejo de guerra.

Una mañana junto a casi un centenar, les trasladaron, esposados y encadenados,  por las calles de Madrid, desde Las Delicias hasta la calle Génova, donde se encuentra el tribunal Supremo, que procedería a ejecutar los juicios sumarísimos.

En el trayecto tuvieron que soportar insultos de gente partidaria a Franco. También pudieron, ver entre sollozos, a familiares que les siguieron en el recorrido sin poder acercarse a ellos.

PRESOS CAMINO DEL TRIBUNAL SUPREMO     

El juicio se celebró como anteriormente hemos descrito, en este caso, los acusados eran cerca de cien, y a todos les aplicaron las mismas acusaciones de rebelión y traidores a la Patria, y la pena fue de muerte.

A mi padre desde allí le trasladaron a la cárcel de Alcalá de Henares, a la espera de ser fusilado.

Pasaron unos 10 días y empezaron a permitir la visita de familiares, uno por preso. Entonces mi madre pudo ir a verle después de muchos meses, aunque muy triste porque sabía que podía ser la última, y que ni siquiera la entregarían su cuerpo que, a saber a qué cuneta iría a parar.

Mi padre era consciente de que podía ser fusilado, pero por el amor a mi madre no se marchó a otro país, que muchos lo consiguieron a través de él.

PRESOS EN ALCALÁ DE HENARES

La primera vez intentó llevarle comida y ropa, pero no la dejaron entregarle nada, aunque nunca dejó de intentarlo.

Los meses fueron pasando y la esperanza de mi madre de que no le fusilaran estaba en su ánimo. Ella seguía trabajando en el mismo sitio, aunque los señores a los que servía eran muy del régimen de Franco. ¡Bueno el capital siempre está con los ganadores sean dictadores o gobiernen en una democracia que les beneficie!

La vida dentro de la cárcel era poco deseable ya que sus inquilinos eran presos políticos y condenados, la mayoría, a muerte.

Las celdas eran muy pequeñas como máximo para dos personas, aunque nunca había menos de ocho y a veces más. La cocina la regentaban monjas ayudadas por presos que, a su vez, tenían una especie de granja y huerto. Pero era tal el hambre existente que, si algún preso se atrevía a robar algo de comida, y si era descubierto, le sometían las monjas a un severo castigo a base de latigazos y, a posteriori, pasaban a los calabozos de castigo.

El aseo se hacía en duchas colectivas y con agua fría, tanto en verano como en invierno, y la lavandería era cada quince días, con métodos de entonces. La comida se realizaba una vez al día en comedores colectivos donde dicha bazofia se recogía en platos de aluminio, pasando uno a uno por los mostradores.

Por comparar:los campos de concentración nazis eran el hotel Palas al lado de esta miserable cárcel. Las salidas al patio eran por la mañana y tarde, casi en exclusiva para los no condenados a muerte, que una vez retirados a sus celdas, por una hora salían los condenados a muerte y antes de regresar a las celdas, les hacían cantar el “Cara al sol”.

En una ocasión la letra sonó con tonos despectivos, y de la formación fueron sacando uno de cada diez y les pusieron de espaldas a la pared en presencia de los demás, y formaron un pelotón de fusilamiento, pero antes por megafonía dijeron que en castigo por las injurias a Franco durante la canción, serían fusilados y se repetiría todas las veces que esto ocurriera.

En el momento de los disparos hubo un silencio sepulcral, y estos se produjeron hacia el cielo, seguidamente por la misma megafonía, dijeron que la próxima vez los disparos no se dirigirían al cielo. El susto de los no fusilados se convirtió en sollozos y abrazos con los demás.       

Las visitas de los familiares se podían realizar cada 15 días, una por preso, pero antes, los familiares de

los condenados a muerte, tenían que mirar una lista donde figuraban los fusilados.

Todos los días sobre las cuatro de la madrugada, pasaba por las celdas una patrulla de la guardia civil, uno de ellos, lista en mano, nombraba uno o varios con el fin de llevárselos a declarar, que no era tal, sino fusilarles antes del amanecer.

Durante el día, en las celdas, no faltaba el siniestro comentario de las famosas listas con que la guardia civil, siempre a la misma hora, llamaba a los presos para que bajaran a “declarar”. Algunos, bien por ignorancia o por miedo a la realidad, creían que era cierto lo que anunciaba el guardia encargado de la lista diaria. Pero mi padre, que tenía experiencia del hecho y sabía que los que nombraban nunca más volvian a verlos, los escuchaba y callaba para no herir la sensibilidad de los compañeros.

Mi padre, después de unos meses del trasiego diario de compañeros de celda que fueron pasando junto a él, y con la mente de que cualquier día sería nombrado en la lista de la muerte, consiguió que al menos antes de empezar a nombrar, el guardia civil le hiciera una señal, con el dedo hacia arriba, en el caso de no estar en la lista.

FUSILAMIENTOS DIARIOS

Pasado casi un año, y después de haber sido fusilados miles de personas, un día, por equivocación o confusión del apellido, el dedo del guardia civil indicó hacía abajo. En ese momento, cuenta mi padre, que casi sintió, dentro del dramatismo, alivio. 

La incertidumbre vivida hasta entonces era insoportable. Le bajaron a una sala en los sótanos, calcula entre todas las celdas a unos cincuenta, lo que ese dato le dio a pensar al cabo del tiempo los miles de fusilados desde el 1.939 al 1943, año en el que fueron indultados el 10% por generosidad de Franco, que se conoce que pensó que ya no había cunetas para enterrar a más.

Una vez allí algunos tenían la convicción de que era cierto que estaban allí para declarar, pero no la mayoría, y menos mi padre.

Pasó sobre una hora y ya todos estaban convencidos del destino que les esperaba, fue entonces cuando entre risas y lloros cantaron La Marsellesa, hasta que les interrumpió la guardia civil que fue esposando uno a

uno y después de comprobar su nombre y apellidos les iban conduciendo a los camiones.

Al llegar el turno de mi padre y cotejar los apellidos se dieron cuenta que un apellido variaba, por lo que hicieron recuento y sobraba uno, por tanto le subieron a su celda de nuevo. La suerte de los demás deparó en el fusilamiento en las paredes del cementerio de Alcalá de Henares y el destino de sus cuerpos, ¿dónde estarán? La memoria histórica se encargará de encontrarles si la democracia se pone de acuerdo.

La visita coincidió un día después de este suceso, y en esta ocasión su hermano le pidió a mi madre que quería ir a verle y así sucedió, fueron mis tíos pero al mirar las listas vieron que figuraba  entre los fusilados, no percibiendo tampoco el error y, en vez de averiguar más, les entró el pánico y se volvieron a casa.

Le dijeron a mi madre lo que vieron. Entonces, desesperadamente, ella se marchó a la cárcel y, sin mirar listas, pidió la visita que fue concedida, y de esa manera vio el error que también selo contó a él.

A partir de entonces mi padre decidió que, si se lo concedían, se casarían por la iglesia ya que su matrimonio civil quedó nulo, como todos, por decreto de Franco y el clero.

Se lo concedieron pensando, casi seguro: un “convertido más”. Pero mi padre lo hizo pensando que mi madre sería una viuda y algún día tendría sus derechos. Su boda, como así lo requería, se celebró en la capilla de la cárcel, en la más estricta intimidad sin ningún asistente y sin noche de bodas.

Pasaron tres años y algunos meses y al no tener en su expediente ninguna denuncia personal le computaron la pena de muerte por 8 años y un día. En 1.943, a la edad de 31 años cumplidos, le dieron la libertad condicionada. Y durante años tuvo que presentarse en la Dirección Nacional de Seguridad periódicamente. 

El hermano de mi padre, 15 años mayor que él, vivía en el barrio Lavapiés, les proporcionó un cuarto de

unos 20 m2 en el patio de una casa al lado de donde él vivía. Mi padre, que era muy mañoso y que su oficio era carpintero, lo acondicionó lo mejor que pudo.

Mi madre comunicó a los señores donde trabajaba que dejaría de vivir en la casa, que haría todo igual pero que por la noche se iría a su casa. Le respondieron que mejor se quedara todo el día a cuidar al rojo de su marido.

Así lo hizo y buscó casas para limpiar, al igual que mi padre que con su oficio de carpintero le salían algunas chapuzas.

Así comenzó la historia de una pareja con todas las dificultades del mundo, pero vivos.

Mi padre, sin trabajo, comenzó a buscar, aunque no le resultaba fácil porque no querían contratar a un rojo y sus trabajos eran esporádicos, tipo “chapuzas”.     

Mi padre después de la guerra no quiso saber nada de política ni por supuesto en la dictadura, ni después.

A mí me aconsejo que no participara en política ni en sindicatos, pues según su análisis, las izquierdas estuvieron divididas antes de la guerra durante y después, dando ventaja a las derechas.

Le hice caso y de esa manera nunca tuve que inclinar la cabeza ante nadie.

Después de la guerra civil española empezó la posguerra, no menos cruel en sus primeros años que la propia contienda, donde los vencidos sufrieron las represalias y dictadura de Franco y sus seguidores.

Como ley de vida, también nacieron niños y niñas que tendrían distinta forma de vida, aunque la peor herencia de la guerra fuera para los hijos de los vencidos, y fue más acentuado en barrios de personas humildes, como Lavapiés y otros.

Los niños que nacimos en la posguerra, al no conocer otra vida y a pesar de sufrir muchas calamidades, lo asumíamos con naturalidad, pero con los años vimos que nuestra vida no era justa, al ir viendo que otros vivían con las necesidades básicas cubiertas. Pero a pesar de aquella infancia llena de dificultades, con falta de alimentos y demás, la recordamos con añoranza, al revivir todos aquellos momentos que pasamos jugando juntos.

Desde hace varios siglos el tópico “EL DÍA DE MAÑANA” es utilizado principalmente por nuestros progenitores como orientación al destino de sus hijos, aunque luego este se encargará de ir por su cuenta. Mucha influencia tiene, de nuestro destino en la vida, la sociedad donde se muevan nuestros padres, la educación recibida y el entorno donde vivamos.

Pero luego existen otros factores que hacen cambiar nuestro destino una o muchas veces, como el País donde vivas, la ciudad, el barrio, él trabajo, tu pareja etc. En definitiva, que EL DÍA DE MAÑANA siempre ha sido un tópico al igual que la famosa frase “EL PORVENIR”, en los tiempos que vivimos se sigue utilizando estas frases.

En estos tiempos no dependemos solo de nosotros mismos, ahora depende mucho más de otros, que muevan nuestra vida a su conveniencia y nos hacen ver que vivimos en libertad, cuando seguimos siendo presos de sus intereses y de su feudalismo capitalista.

El día de mañana, desgraciadamente para los nacidos en la posguerra de la España Franquista, y en el bando de los vencidos, el 95% no tuvieron las mismas oportunidades de realizarse ni social ni culturalmente, debido a la falta de recursos básicos y el sello de rojos que señalaban a sus progenitores, como a judíos de la Alemanía nazi impidiendo toda convivencia con los vencedores. Aun así, algunos, al llegar a la edad de los 14 años, empezaron a abrirse camino. Se dice otro tópico: “el hambre agudiza el ingenio”.

FDA SÁEZ              

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