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Morón

La Tertulia «El Gallo» acoge este viernes la presentación del nuevo libro del periodista Nando Cruz sobre alternativas al consumo cultural

El viernes 23 de octubre, a las 20:00, en la sede de la Tertulia Cultural Flamenca “El
Gallo”, tendremos la oportunidad de hablar de todo esto con Nando Cruz, conocer
experiencias concretas y discutir qué podemos aprender de ellas.

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«Ser o estar en la música»

Me cuenta mi hija, que enseña español a extranjeros, que lo que más les cuesta entender
es la diferencia entre ser y estar. En inglés un mismo verbo sirve para las dos cosas, y no
terminan de ver por qué nosotros necesitamos dos. Ella se lo explica como puede: estar
es dónde te encuentras o cómo te encuentras en un momento dado; ser tiene que ver con
lo que eres, con lo que no cambia de un día para otro. Se puede estar en el campo del
Betis sin ser del Betis. Se puede estar en una ciudad sin ser de ella.

De vez en cuando, esa última frase me da vueltas por la cabeza. Creo que describe bien
una forma de vivir cada vez más extendida: la de quien pasa por los sitios sin llegar a ser
de ninguno. Vamos a un concierto, a un restaurante, a un viaje de fin de semana, y en
todos estamos un rato, pagamos y nos vamos. Es cómodo, porque no compromete a nada.
Pero también dice mucho de cómo se ha organizado nuestra vida, y de lo que hemos ido
dejando por el camino. Pasar por un sitio sin más tiene su gracia. Lo que me inquieta es
que todo acabe viviéndose así, como un servicio que se recibe, se paga y se abandona.

Esa forma de relacionarnos con las cosas también se da en la música. Podemos ir a
conciertos, escuchar discos, seguir a artistas y dedicar buena parte de nuestro tiempo libre
a la música sin preguntarnos nada más. Pero la cultura no es solo algo que consumimos
en nuestro tiempo libre. Es también la forma en que conocemos el mundo, aprendemos a
entender a los demás y construimos una memoria compartida. Una canción puede
gustarnos más o menos, emocionarnos o dejarnos indiferentes, pero la música, como
cualquier otra expresión artística, nace de una sociedad, habla de ella y, a veces, nos ayuda
a verla de otra manera. Por eso importa quién puede acceder a la cultura, qué cultura se
hace y quién tiene la oportunidad de participar en ella.

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La música puede llegarnos como un producto terminado, preparado para que lo
escuchemos y sigamos con nuestra vida. Pero también puede ser una práctica compartida:
algo que aprendemos, discutimos, transmitimos y contribuimos a mantener. En un caso,
basta con que alguien nos lo ofrezca. En el otro, hace falta que haya personas dispuestas
a sostenerlo.

No se trata de convertir cada afición en una obligación ni de pensar que disfrutar de un
concierto nos compromete automáticamente con nada. Se trata de reconocer que la música
y la cultura no aparecen por generación espontánea. Detrás de lo que escuchamos hay
personas, trabajo, conocimientos y espacios que alguien tiene que hacer posibles. Y si
creemos que la cultura merece ocupar un lugar en nuestras vidas, quizá también debamos
preguntarnos cómo se hace posible, quién la sostiene y qué modelo cultural estamos
contribuyendo a construir.

Hacerse esa pregunta, sin embargo, es cada vez más difícil. Vivimos en una época en la
que casi todo se puede comprar. No solo objetos: también experiencias, recuerdos, o la
sensación de pertenecer a algo. Hasta el tiempo libre se ha convertido en mercancía. Y
cuando todo llega envuelto y listo para consumir, lo normal es que nos limitemos a elegir
entre lo que se nos ofrece.

Nada de esto es nuevo. En 1867 se publicó el primer tomo de El Capital, que arranca
diciendo que en las sociedades capitalistas la riqueza aparece como una enorme
acumulación de mercancías. Marx empieza por ahí porque, para entender cómo funciona
ese sistema, hay que entender primero la mercancía. En ella distingue el valor de uso,
relacionado con su utilidad, y el valor de cambio, que expresa su relación de intercambio
con otras mercancías. Con la música ocurre algo parecido. Una canción puede valer por
lo que nos acompaña, por lo que nos enseña o por lo que nos une a otros. Pero también
puede valer por las entradas que vende, las reproducciones que suma o la marca que la
patrocina. Ninguna de las dos cosas es mala en sí misma. El problema llega cuando la
segunda decide qué música se hace, quién puede escucharla y quién se queda fuera.

No hay nada malo en ir a grandes conciertos ni en pagar por escuchar música. Yo lo he
hecho y lo seguiré haciendo. Lo preocupante es que se convierta en la única forma que
somos capaces de imaginar, en lo dominante. Esa hegemonía se va metiendo poco a poco,
en los anuncios, en las noticias, en lo que hacen los amigos…, hasta que se vuelve sentido
común. Y el sentido común tiene una ventaja enorme para quien se beneficia de él: nadie
lo discute, y lo que no se discute, no se cambia.

Por eso, quizá la cuestión no sea tanto quién se sube al escenario como quién decide qué
escenarios existen, quién los sostiene y qué damos por hecho cuando pensamos en música
en directo.

Nando Cruz lleva años investigando y contando cómo funciona la industria musical, más
allá de lo que sucede sobre los escenarios. Ha escrito en medios como Rockdelux y El
Periódico, y actualmente publica en elDiario.es. Le interesa lo que suena, pero también
quién paga, quién cobra y quién decide.

En 2023 publicó Macrofestivales. El agujero negro de la música, donde analiza cómo los
grandes festivales concentran dinero, público y recursos —incluidos presupuestos
municipales— hasta el punto de que la música puede acabar convertida en el reclamo de
un negocio que va mucho más allá de ella.

Ahora viene a presentarnos Microfestivales y otros escenarios posibles, un libro que pone
el foco en las alternativas. Si el anterior abordaba cómo la industria del directo puede
apropiarse de algo tan íntimo y colectivo como los encuentros musicales, este nuevo
trabajo explora cómo recuperar esos espacios y construir otras formas de hacer y
compartir música.

En el libro aparecen festivales punk, ciclos de música tradicional, gaztetxes vascos y
peñas flamencas, entre muchas otras experiencias. Algunos se sostienen solo con el
trabajo de su gente; otros reciben dinero público. Unos sirven para unir a un barrio, otros
para dar vida cultural a una comarca, otros para que entre quien normalmente se queda
fuera. Son proyectos muy distintos, pero tienen cosas en común: se basan en la
cooperación, piensan a medio plazo y cuidan el sitio donde se hacen. No son fórmulas
mágicas ni están libres de dificultades: exigen tiempo, implicación, financiación y una
organización que no siempre es sencilla. Pero demuestran algo importante: que el modelo
dominante no es una ley natural, sino una elección colectiva que puede discutirse y
cambiarse. El propio libro se plantea como una forma de autodefensa musical a partir de
ejemplos reales.

Las peñas flamencas son un buen ejemplo de esa manera de entender la cultura: personas
que no se conforman con esperar a que otros les organicen el flamenco, sino que se reúnen
para escucharlo, aprenderlo, compartirlo y mantenerlo vivo. Quizá ahí esté la clave: en
entender que no estamos condenados a elegir únicamente entre las opciones que nos
ofrece el mercado. Que existen otras maneras de organizarnos y construir espacios
culturales que respondan a las necesidades de quienes los habitan.

El viernes 23 de octubre, a las 20:00, en la sede de la Tertulia Cultural Flamenca “El
Gallo”, tendremos la oportunidad de hablar de todo esto con Nando Cruz, conocer
experiencias concretas y discutir qué podemos aprender de ellas. No solo como público,
sino también como personas que forman parte de una comunidad y que pueden contribuir
a darle vida.

Porque una cosa es consumir cultura y otra es ser parte de ella. Y uno es de lo que es,
como del Betis, manque pierda.

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