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Opinión. Elogio de la incredulidad. Por Juan Segura

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La estupidez, tontería, falta de sesos, o como ustedes quieran llamarlo es, por desgracia, algo común en nuestras sociedades occidentales, donde hay un sinnúmero de analfabetos funcionales pese a la extensión de la enseñanza gratuita y obligatoria.

Creo que la credulidad es la parte sustantiva de esta estupidez.

La gente cree demasiadas cosas que no tienen ninguna racionalidad y que no se basan en ninguna comprobación empírica.

La gente cree en dioses y demonios, en la vida física después de la muerte, en el horóscopo, en que una mujer puede seguir siendo virgen después de parir, en milagros, en que un trozo de pan se puede convertir en un trozo de carne, en fantasmas, en que el agua se puede convertir en vino, en que el vino se puede convertir en sangre, … y hasta en que los burros vuelan.

La capacidad de credulidad, como dijo Einstein de la estupidez, es infinita.

Mientras los seres humanos no alcancemos un grado de incredulidad que nos permita desechar estos y todos los demás cuentos que nos cuentan desde la infancia, estamos condenados a seguir instalados en la estupidez.

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Por si la credulidad “natural” no alcanzara, una legión (centenas de millones) de funcionarios a sueldo de diversas instituciones (religiosas, mediáticas, académicas ,…) dedican toda su actividad a fomentarla desde la más tierna infancia de los catequizados y adoctrinados en las más variadas supercherías y supersticiones.

Saben que hay que empezar temprano. No hay tiempo que perder. Hay que poner a las personas un sello en la frente antes de que se puedan defender y puedan pensar por sí mismos. Y hay que catequizarlas a edades tempranas para condicionar sus pensamientos. Los católicos, con el bautismo y la primera comunión, son los campeones en estas prácticas.

Prácticas que combaten las enseñanzas de aquel que dicen seguir. Pues, según los Evangelios, Cristo fue bautizado por Juan El Bautista en el río Jordán a los treinta años.

Pero no hay por qué centrarse en el nacionalcatolicismo pues, más tarde o más temprano, todas las religiones pretenden que comulguemos con ruedas de molino.

Y no sólo las religiones.

Por eso escribo este artículo. Para hacer un elogio de la incredulidad.

Creo que a la humanidad le iría mucho mejor si adoptara el método de la duda de Descartes, Spinoza y los demás filósofos racionalistas. Las enseñanzas de los empiristas Locke y Hobbes y de los enciclopedistas ilustrados franceses Voltaire y Diderot.

La duda, la incredulidad, está inserta en las entrañas del método científico. Una verdadera educación moderna debe, necesariamente, basarse en fomentar el espíritu crítico, o sea en fomentar el pensamiento científico. La escuela debe fomentar la ciencia, no la superstición. La incredulidad, no la credulidad.

La credulidad produce estúpidos borregos; la incredulidad, personas libres.

Esto que acabo de decir está, en teoría, tan comúnmente aceptado que todas las leyes de educación, después de la dictadura franquista, tienen como objetivo explícito el fomento del espíritu crítico de los alumnos.

¿Esto se lleva a la práctica cotidianamente en las aulas? No seamos ingenuos, No seamos crédulos. No creamos todo lo que está escrito. La Constitución dice que tenemos derecho a la vivienda y estamos comprobando como se desahucian a personas vulnerables.

Mi experiencia profesional durante más de cuarenta años es que a la mayoría de la comunidad educativa le importa un pepino el espíritu crítico, la inmensa mayoría apoya el borreguismo. Y que quienes intentan llevar a la realidad lo que está escrito en letras de oro en las leyes, encuentran serios obstáculos cuando no la represión de los crédulos.

¿Es la credulidad el único componente de la estupidez? Es el esencial, pero hay más. Pero como no quiero cansarme ni cansarles a ustedes, como decía el charlatán ciezano “Ángel el de las Mantas”, volveremos al asunto en otra ocasión. Quizás entonces hablemos de los prejuicios.

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