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Opinión

UGT: del sindicalismo de clase a la rendición institucional

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Por Isabel Ginés en nuevarevolucion.es

Durante más de un siglo, UGT ha representado el corazón del sindicalismo de clase en España. Nacido en 1888, su historia está marcada por huelgas, persecuciones, clandestinidad y represión. La dictadura franquista asesinó, encarceló y desterró a miles de militantes de este sindicato. Gente sencilla, obreros, maestras, jornaleros, ferroviarios que dieron su vida por la dignidad laboral, por los derechos más básicos: un salario justo, jornadas humanas, condiciones decentes. Murieron sin pactar, sin rendirse, sin negociar su conciencia.

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Y sin embargo, hoy, en pleno 2025, esa misma organización ve cómo su máximo representante, Pepe Álvarez, pisa escenarios y posa en fotos que son un insulto a la memoria de aquellos mártires. Dos imágenes recientes resumen una crisis moral y política profunda.

Por un lado, la foto con Oscar Pierre, fundador de Glovo. Una empresa que ha sido condenada en múltiples ocasiones por vulnerar derechos laborales, por crear un modelo de explotación amparado en la supuesta libertad del autónomo que, en realidad, es un trabajador sin derechos. Pierre no solo ha hecho negocio con la precariedad: ha desafiado abiertamente las leyes laborales de este país. Ha sido procesado por delitos contra los trabajadores. Y, pese a todo, Pepe Álvarez acudió sonriente a celebrar el décimo aniversario de esa empresa, dándole legitimidad, aplauso y presencia institucional. ¿Qué mensaje se transmite a los riders explotados? ¿Qué tipo de sindicalismo defiende a los trabajadores mientras respalda a quien los explota?

Por otro lado, la asistencia a la clausura del Congreso del Partido Popular. Un partido que, durante décadas, ha impulsado las reformas laborales más lesivas para la clase obrera: abaratamiento del despido, recortes en derechos, desprecio a los sindicatos, criminalización de la huelga, represión de la protesta. Un partido que hoy gobierna gracias a pactos con la ultraderecha, que niega el cambio climático, el feminismo y la memoria histórica, y que desprecia abiertamente a los movimientos sociales.

¿Qué hace el secretario general de UGT en ese escenario? ¿Qué sentido tiene sentarse con quienes legislan contra los trabajadores? ¿Qué ideología, qué ética, qué memoria cabe en esa decisión? Ninguna.

Lo que hace Pepe Álvarez no es “diálogo institucional”. Es una renuncia total al sindicalismo de clase. Es el abandono de una posición histórica de defensa de los trabajadores para ocupar una butaca cómoda dentro del sistema que oprime. Es olvidar que el sindicalismo no nació para hacer relaciones públicas, sino para confrontar al poder cuando ese poder pisotea los derechos del pueblo.

Las redes sociales están ardiendo, y con razón. Cientos de personas, muchas de ellas exmilitantes o simpatizantes de UGT, se sienten traicionadas. Uno de los mensajes más potentes viene de un hombre de casi 70 años, que militó durante décadas en el sindicato: “He conocido mucha basura en mi vida, pero lo de Pepe Álvarez lo supera con creces. Maldito sea mientras el tiempo exista”. La frase es dura, incluso excesiva, pero refleja la magnitud del enfado, la decepción, el hartazgo.

Una traición con nombres, fechas y muertos.

La historia no es un decorado que se visita en fechas señaladas. La historia pesa. Exige coherencia. Y UGT debería saberlo mejor que nadie. Los sindicatos no son neutrales: nacen para enfrentarse al poder que explota, no para legitimarlo con discursos vacíos o apariciones protocolarias.

Pepe Álvarez ha cruzado todas las líneas rojas. Ha pisado los espacios de los enemigos históricos del sindicalismo. Ha posado con empresarios que precarizan y con políticos que legislan contra los más vulnerables. Ha insultado con gestos lo que generaciones anteriores defendieron con la vida.

UGT debe elegir: o es el sindicato de Pablo Iglesias Posse, de los obreros asesinados en 1939 hasta entrada la democracia, de los ferroviarios represaliados, de los huelguistas del 72… o es el sindicato de las fotos con Feijóo y los brindis con Glovo.

Pero las dos cosas a la vez no se pueden ser. Y si el precio de mantener esa contradicción es traicionar la memoria de los muertos, entonces el sindicato habrá muerto con ellos.

La dignidad no se negocia. La historia no se blanquea. Y los derechos no se celebran con quienes los destruyen.

Pepe Álvarez no representa a la clase trabajadora.

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