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Opinión

Opinión. Atrévete a pensar (y como procurar que no te engañen). Por Juan Segura

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Hay mentiras en este mundo difíciles de desentrañar. Por eso es preciso enfrentarse con humildad socrática ante tantísimos dilemas (verdad/mentira) que se nos plantean en la vida. Y por eso hay que huir, como de la peste, de fundamentalismos, dogmatismos e intolerancias.

Y, como leí en Manuel Sacristán, hay que estudiar cada día. Cada cual lo que pueda, naturalmente. Hay que tener ganas de buscar la verdad para poder acercarse a ella.

Pero al mismo tiempo que esto digo, digo también que muchas cosas importantes en la vida no son tan difíciles de verificar. Solo pondré dos ejemplos que creo suficientes para no cansar ni aburrir.

El primero es si hay o no hay vida después de la muerte. Miles de años vienen adoctrinándonos, diversas teorías, acerca de la inmortalidad del alma y de la resurrección de la carne. Que la materia orgánica (seres vivos) que muere se pudre y se convierte en materia inorgánica es una evidencia que cualquiera puede ver y experimentar a lo largo de su vida. Nadie ha visto resucitar a nadie en toda su vida.

¿Saben ustedes de alguien en el mundo que conozca a Lázaro? Este señor, según el cuento que cuentan los Evangelios, resucitó después de varios días muerto. Pues bien, si resucitó tendría que seguir viviendo en alguna parte, porque es tontería resucitar a alguien para dejarlo que se muera después. Si alguien conoce a Lázaro, que se lo diga a alguien a través de las redes antisociales, se haría viral y una fuente de ingresos para el país donde viva, porque íbamos a ir a verlo medio mundo. Ni El Palmar de Troya, ni Lourdes, ni la milagrosa Virgen de la Esperanza de Calasparra podrían hacerle sombra.

Y que no me digan que está en los cielos porque en aquel tiempo todavía no existían ni los cohetes, ni los aviones, ni siquiera los globos.

Tampoco se ha sabido que ni la NASA ni otra institución que se dedique al tema tiene a ningún astronauta llamado Lázaro que viviera hace 2.000 años en Palestina.

En cuanto al alma, cualquiera debe saber, a las alturas de los tiempos que estamos, que lo que llamamos alma: recuerdos, pensamientos, sentimientos, nuestra propia identidad, reside en el cerebro. En cuanto el cerebro muere el alma desaparece y no hay manera de encontrarla en ninguna parte. Y si no que se lo cuenten a los familiares de los enfermos de ELA. Alzheimer, Parkinson, u otra enfermedad neuronal progresiva. El “alma” se esfuma conforme van muriendo las neuronas.

Otra mentira, que cuentan muchos libros, algunos/as docentes que se dedican a enseñar historia, y una legión de “periodistas”, son cosas tales como que Julio César conquistó la Galia o que los Reyes Católicos conquistaron Granada o que Hitler tuvo la culpa de la Segunda Guerra Mundial.. Ahora podríamos decir, y se dice, que Donald Trump ha impuesto tales aranceles, que quiere apoderarse de Groenlandia y Canadá…, que Putin ha invadido Ucrania.

Una visión de la historia personalista que ya refutó Bertold Brecht en un célebre poema en el que decía: «que si Julio César para conquistar la Galia no había necesitado siquiera a un cocinero».

Pues eso: que ni Hitler tuvo, él solo, la culpa de la guerra mundial, ni Trump, el solo, ha puesto los aranceles y quiere anexionarse territorios foráneos, ni los Reyes Católicos, ellos solitos, conquistaron Granada.

Es muy simplón. Es tan simplón como aquellos que echan la culpa de la guerra de España (1936-1939) a Franco. ¿Tampoco necesitó Franco ningún alemán, italiano, portugués, moro, francés, inglés, ningún gran o mediano burgués español ni a la Iglesia Católica para perpetrar sus innumerables crímenes de guerra y ejecuciones extrajudiciales?

Procuremos que no nos engañen. Que no desvíen nuestra atención. No comulguemos con mentiras como ruedas de molino. Estudiemos. Leamos. Bebamos en distintas fuentes. No nos dejemos apabullar por la legión de ignorantes. La verdad no es cuestión de cantidad sino de calidad. Una persona razonable puede tener razón frente a cien mil o un millón de energúmenos fanáticos.

Como dijo Kant: ¡Atrévete a pensar! Atrevámonos a pensar por nosotros mismos.

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