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Morón

Discurso de Paula Gil, presidenta de Médicos Sin Fronteras, en la Gala de Honores y Distinciones de Morón con motivo del 28F

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En la gala de honores celebrada en el Teatro-Cine Oriente, el pasado 28 de febrero, brilló el discurso pronunciado por Paula Gil Leyva, presidenta actual de Médicos Sin Fronteras (MSF). Lo adelantamos aquí, antes de publicar la entrevista que La Voz de Morón le hizo con tal motivo.

«Señor Alcalde, miembros de la Corporación Municipal, autoridades, vecinos y vecinas de Morón de la Frontera, familia, amigas y amigos:

Recibo con una emoción difícil de expresar el título de Hija Adoptiva de esta ciudad. Lo recibo con gratitud profunda, con humildad y con la conciencia clara de que este reconocimiento no es solo para mí, sino para todas las personas que creen que la dignidad humana no tiene fronteras.

Mis padres emigraron a Cataluña en los años sesenta, como tantas familias andaluzas que buscaban oportunidades y construir otro futuro. Fueron migrantes dentro de su propio país. Llegaron a Barcelona con una riqueza inmensa en la maleta: la cultura del esfuerzo, la solidaridad entre vecinos, el orgullo de los orígenes y la voluntad de integrarse sin renunciar a lo que uno es.

Nací y crecí en Cataluña. En mi casa convivían acentos, tradiciones, maneras de entender el mundo que no se contradecían, sino que se complementaban. Aprendí que la identidad no es una frontera que separa, sino un puente que conecta. Que se puede pertenecer a más de un lugar y que eso no resta, sino que suma.

Morón forma parte de mi identidad desde antes de que yo fuera consciente de ello. Forma parte de las historias que escuché de niña y de los silencios también, de los nombres propios que en mi casa se pronunciaban con cariño y con memoria.

Este reconocimiento que hoy me concede el Ayuntamiento de Morón lo siento, sobre todo, como un reconocimiento a la labor humanitaria de la organización a la que represento, en un momento extraordinariamente difícil a nivel global.

Vivimos tiempos de enorme complejidad. Tiempos en los que millones de personas migrantes arriesgan su vida en rutas cada vez más mortales. Tiempos en los que las minorías son señaladas, en los que el machismo y la desigualdad siguen condicionando la vida y el futuro de millones de mujeres y niñas. Tiempos en los que la deshumanización avanza peligrosamente en el discurso público. Tiempos de guerras y destrucción, como la que he visto con mis ojos en la Franja de Gaza y que me ha encogido el corazón para siempre.

Tiempos en los que el resurgimiento de discursos retrógrados simplifica el mundo en categorías de “nosotros” y “ellos”, convierte el miedo en herramienta política y erosiona consensos básicos sobre derechos humanos.

Frente a todo eso, la acción humanitaria no es una ideología: es un compromiso ético. En Médicos Sin Fronteras trabajamos con un principio muy simple y muy radical a la vez: cada vida vale lo mismo. Cada vida merece atención médica, protección y respeto, independientemente de su origen, su religión, su género o su pasaporte.

Pero la acción humanitaria no puede ni debe sustituir la responsabilidad política. No puede ser la coartada para la inacción ni el parche permanente de injusticias estructurales. Necesitamos sociedades que no miren hacia otro lado. Necesitamos instituciones valientes. Necesitamos ciudadanía crítica y comprometida.

Por eso este reconocimiento, para mí, tiene un valor tan profundo. Porque viene de un pueblo que sabe lo que significa la memoria, el esfuerzo colectivo y la dignidad.

Morón es, para mí, el símbolo de una historia que atraviesa generaciones: la de quienes creen que el servicio público debe estar al lado de la gente; la de quienes entienden que la democracia y los derechos no están garantizados para siempre; la de quienes saben que la convivencia se construye cada día.

Quiero agradecer expresamente a esta Corporación Municipal por otorgarme este título de Hija Adoptiva. Lo interpreto como un gesto que trasciende a mi persona y que abraza la labor de miles de profesionales humanitarios —muchos de ellos andaluces, muchos de ellos anónimos— que trabajan en condiciones extremas para aliviar el sufrimiento.

Quiero agradecer también a mi familia. A mis padres, que me enseñaron que hay que defender las convicciones sin perder la empatía. Que la cultura, la educación y la conciencia social son herencias más valiosas que cualquier patrimonio material.

Si algo he aprendido en el ámbito humanitario es que la dignidad humana es frágil, pero también extraordinariamente resistente.

Esa capacidad de cuidar, de sostener, de resistir, no es patrimonio de ningún país ni de ninguna cultura. Está en Morón, está en Cataluña, está en Gaza, está en cualquier lugar donde alguien decide no rendirse ante la injusticia.

Y hoy quiero terminar recordando a una persona que encarna, para mí, esa idea de servicio y de compromiso.

Mi abuelo, Abelardo Gil Leonis, fue alcalde de Morón durante la República y miembro de la corporación municipal cuando estalló la Guerra Civil. Su compromiso con el pueblo, con la justicia y con la responsabilidad pública marcó a nuestra familia. En casa aprendí que la política, en su sentido más noble, no es poder: es servicio. Que representar a los demás es un honor que exige valentía. Y que hay momentos en los que defender la dignidad y la convivencia tiene un precio.

Su nombre hoy resuena en este salón no como una evocación nostálgica, sino como una presencia viva. Me gusta pensar que, de algún modo, este reconocimiento también le pertenece. Que cierra círculos abiertos por la historia. Que honra el compromiso de quienes, en tiempos convulsos, intentaron construir un municipio más justo.

Hoy, al aceptar este título de Hija Adoptiva de Morón de la Frontera, renuevo públicamente mi compromiso con esos valores: con la defensa incondicional de la vida, con la memoria como herramienta de justicia, con la solidaridad como principio político y moral.

Que este reconocimiento sea también un recordatorio de que, incluso en tiempos de oscuridad, podemos elegir la humanidad. Que podemos elegir no deshumanizar. Que podemos elegir tender puentes en lugar de levantar muros.

Gracias, Morón, por abrirme hoy las puertas como hija. Prometo llevar este honor con responsabilidad, con orgullo y con la firme convicción de que, allí donde esté, una parte de mí seguirá siendo de esta tierra.

Muchas gracias.»

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