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Opinión

La fe no se vende (aunque se alquilen las sillas de la Plazoleta Meneses)

“Mi casa será casa de oración… y vosotros la habéis convertido en un negocio”

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Hay frases del Evangelio que no envejecen. Cuando Jesucristo entra en el Templo y expulsa a los mercaderes, no está reaccionando a un problema puntual de su tiempo, sino denunciando una tentación permanente: convertir lo sagrado en rentable. Dos mil años después, la escena resuena incómodamente en lugares como la Plazoleta Meneses de Morón de la Frontera.

La venta de sillas para ver las procesiones, gestionada por el Consejo General de Hermandades y Cofradías de Morón, se presenta como una solución organizativa: ordenar la carrera oficial, facilitar el tránsito, recaudar fondos. Todo razonable, todo funcional. El problema es que el Evangelio no se rige por la lógica de la funcionalidad, sino por la del testimonio.

Porque, seamos claros: cuando para ver pasar una imagen hay que pagar, el mensaje que se transmite no es el de la fe, sino el del acceso condicionado. Y eso, desde una perspectiva cristiana, chirría.

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La fe no se vende (aunque se alquile por horas)

La crítica más repetida —“fuera los mercaderes”— no es una consigna populista, sino profundamente evangélica. El gesto de Jesucristo en el templo de Jerusalén no fue simbólico ni suave: fue una denuncia frontal contra quienes habían convertido la experiencia religiosa en un circuito económico.

¿Es exagerado comparar aquello con la venta de sillas? Quizá. Pero no tanto como parece. Cuando un espacio público se convierte en un graderío de pago, y la contemplación de una manifestación de fe depende del bolsillo, el riesgo de desnaturalización es evidente. La Semana Santa deja de ser un acto comunitario para convertirse en un espectáculo con zonas VIP.

Y el cristianismo, si algo debería evitar, es precisamente eso: jerarquizar el acceso a lo sagrado.

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