Cartas al Director.HOMO CATETUS HORRIBILIS

Escrito por  Francisco Javier Reina Salas Opinión Viernes, 14 Septiembre 2012 11:45
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A poco que prestemos un poco de atención a nuestro entorno, podemos observar una gran diversificación de grupos o tribus dentro de nuestra sociedad, siendo algunos de ellos en ocasiones verdaderamente peligrosos para el resto, ya sea por la forma de expresar su ideología, su fanatismo, su radicalización o sus imbecilidades. Pero esa peligrosidad emana, en mi opinión, de la condición personal de cada integrante del grupo, que aprovechando el anonimato que otorga la mara,  se crecen en sí mismos y se enfrentan a cualquiera por la idiotez más grande.

Uno de estos perfiles que definen a ciertos individuos es el típico y fácilmente identificable cateto. Ese cateto inculto y palurdo, con un alto grado de imbecilidad profunda.

No quiero con esto que ahora el personal se confunda y crea que me estoy refiriendo al obrero campesino o al habitante de pueblo y aldea. No me refiero a estos, entiéndame. El cateto al que yo me refiero puede ser de pueblo o ciudad y tener cualquier profesión, ya sea manual o intelectual.

Mi cateto se caracteriza principalmente por sus razonamientos y pensamientos, obtenidos en telebasuras, controversias de barra vinatera o corrillos de frutería, en años de incultura y mediocridad.

Se preguntarán por qué vengo a hablar aquí de este personaje, que a poco que pensemos seguro que conocemos alguno y es porque estos días los estoy viendo en los medios de comunicación en muy nutridos grupos, todos muy exaltados y defendiendo un mismo asunto, el famoso y tan hablado “toro de la vega”. Este acto infame y cobarde que se atreven a llamar fiesta y que se perpetra allá por el pueblo de Tordesillas.

Tuve la oportunidad de ver un video donde muchos de estos catetos, lanza en mano y corriendo o a caballo se afanaban en dar caza a un animal solitario, asustado e indefenso, que aunque bravo y salvaje, ya me dirán como se defiende uno ante semejante marabunta de bípedo exaltado. Luego para colmo, salían entrevistados algunos espectadores del pueblo que defendían su maravillosa forma de divertirse, alegando ser tradición de toda la vida (me pregunto yo de la vida de quién) y hasta hubo alguno que mezcló la palabra cultura y pueblo con esta barbarie.

Siempre estuve en la dicotomía que en mí suscitaba la “fiesta” de los toros y me refiero a las tan españolas corridas. Por un lado me atraía el toreo como arte en sus formas y disciplinas, el valor de un hombre frente a la fiereza de la naturaleza y todo el universo que orbita alrededor del toro, campo, trabajo y costumbres.

Pero por otro lado me atenazaba la idea de que todo aquello giraba en torno a la tortura de un ser vivo. No podía concebir que mi diversión o la de cualquiera fuera consecuencia del sufrimiento, el dolor y la agonía de un animal.

Pero de lo que si estoy seguro es que no quiero pertenecer a ese grupo de toca cencerros que disfruta y se regocija con la muerte o el sufrimiento y por si no se habían dado cuenta éstos, los animales sufren físicamente exactamente igual que los humanos.

No quiero pertenecer a ese conjunto de palurdos que acorralan a un animal para darle una muerte horrible e inútil y escudándose, para colmo, en la tradición y la costumbre.

Hagan el favor de no usar el término tradición para esto que hacen ustedes, pues si no también habrá que llamar tradición al gurkha, la ablución o la lapidación. Señores y señoras, la tradición es el conjunto de costumbres legadas de padres a hijos con el fin de transmitir con ciertos actos comunes a un grupo social, valores morales y éticos, que deban mantenerse a lo largo del tiempo por el enriquecimiento y desarrollo que supone para esa sociedad. La tradición acarrea en su trasfondo una carga educativa, dirigida a los que deben tomar el testigo y la responsabilidad de mantener una comunidad en el tiempo y si lo que quieren ensañar a sus pupilos es muerte dolor y sufrimiento, adelante sigan con sus catetadas.

Pero así yo no quiero pertenecer a los de esa especie. Yo no quiero ser un HOMO CATETUS HORRIBILIS.